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Región en Blanco y Negro

Pobreza: mucho más fácil caer en ella cuando eres madre

Trabajo e hijos, bonita combinación que no siempre es fácil. Más bien, casi nunca. Las madres son uno de los grupos sociales más afectados por la pobreza. No solo es que tienen mayores probabilidades de padecerla, sino que sus consecuencias las transcienden, pues influyen también  en la calidad de vida de sus hijos y contribuyen a su reproducción intergeneracional, es decir, a que éstos, sus hijos, sus nietos y descendientes también la padezcan.

Según los datos estadísticos del Observatorio de la Maternidad de Argentina, las mujeres tienen en promedio cuatro veces más probabilidades de vivir en hogares más vulnerables cuando tienen hijos: en el año 2012, el 48,6% de las madres de este país vivía en el 30% de los hogares con menores recursos.
Algo que también cabe destacar y que llama la atención es la brecha entre hombres y mujeres. A diferencia de la dinámica de la pobreza masculina, que se vincula principalmente con la pérdida de empleo o de ingresos, la pobreza femenina está relacionada también con las restricciones que la vida familiar impone al trabajo remunerado de las mujeres.

Ausencia de ingresos propios

La mayor parte de los recursos de los hogares destinados a satisfacer las necesidades básicas de sus miembros proviene de los ingresos laborales. En ese sentido, los avances de las mujeres en la educación y en el mercado de trabajo son muy auspiciosos porque favorecen su propia autonomía y la generación de ingresos para el sostenimiento económico de sus hogares.

Pese a estos avances, las mujeres con hijos no tienen las mismas oportunidades en el ámbito laboral que los hombres y que las mujeres sin descendencia, ya que todavía sufren las “desventajas por la maternidad” que les impiden participar en el mercado de trabajo con todo su potencial. Mientras el 98,4% de los hombres con hijos y el 79,6% de las mujeres sin hijos están ocupados o buscan activamente empleo, solo lo hace el 60,6% de las madres. Las más perjudicadas, son las más pobres, con menos años de educación formal, mayor cantidad de hijos y aquellas que conviven con niños pequeños.

  • El 88,8% de las madres que viven en el 30% de los hogares con mayores ingresos participa del mercado de trabajo. Contrasta con el 44,8% de las que viven en el 30% de los hogares con menores ingresos.
  • El 86,7% de las madres con estudios terciarios o universitarios completos están ocupadas o buscan activamente trabajo contra el 47,8% de las que terminaron el secundario.
  • Participan en el mercado de trabajo el 64,7% de las madres con hasta dos hijos y solo el 40,8% de las que tienen más de cuatro hijos.
  • El 64,8% de las madres con hijos de cuatro años o más trabaja de manera remunerada o busca empleo, porcentaje que disminuye al 52,4% entre las que tienen hijos menores de cuatro años.

Estos datos han de entenderse en su totalidad. No participar en el mercado de trabajo y no contar con ingresos propios no implica sólo más pobreza a nivel familiar, sino que con frecuencia, que estas mujeres tienen un menor poder de decisión sobre el destino de los recursos del hogar, a la vez que coloca a muchas mujeres en una posición de mayor desamparo ante una modificación en la composición familiar. En efecto, si se produce una separación conyugal o quedan viudas y se convierten en jefas de hogar, deben afrontar las necesidades económicas familiares y en numerosas oportunidades sin la adecuada preparación y experiencia para conseguir un trabajo de calidad y bien remunerado.

Escasez de tiempo

Generalmente son las madres las que, a pesar de trabajar fuera de casa, también se encargan de las tareas del hogar.

La sobrecarga de trabajo o doble jornada laboral que se produce cuando las madres no tienen apoyo suficiente para la realización de un trabajo remunerado, más las tareas del hogar y de cuidado, afecta a su calidad de vida y bienestar personal, limita su capacidad de compartir tiempo de calidad con sus hijos y condiciona su inserción en puestos laborales con jornadas extendidas, generalmente de mayor calidad y con mejores remuneraciones. Además, en muchos casos, los efectos beneficiosos de la actividad laboral femenina, tales como la inserción social, el desarrollo personal y la autonomía económica, suelen estar acompañados de tensiones y negociaciones en la esfera familiar. Todo ello, influye sobre el bienestar presente y futuro de los niños.

Reflexiones finales

Si bien para reducir la pobreza femenina y familiar es necesario propiciar la incorporación de las madres al mercado de trabajo, dicha participación debe producirse en puestos de calidad, es decir, que brinden protección social, condiciones de trabajo decente, mejores montos y regularidad de los ingresos, disponibilidad de servicios de cuidados infantiles para las familias que trabajan, y oportunidades de acceder a capacitación y progreso en el ámbito laboral.

Favorecer la obtención de ingresos propios a través de la inserción laboral de las madres y avanzar en la corresponsabilidad social de los cuidados es una cuestión de justicia social, una dimensión fundamental para combatir la pobreza desde el mundo del trabajo y favorecer el sano desarrollo de los niños desde sus primeros años de vida.

¿Cuál es tu caso? ¿Eres madre y trabajadora? ¿Se reparten las tareas del hogar en tu casa? Escríbenos aquí y déjanos un comentario en nuestro blog o entwitter.

Carina Lupica. Directora del Observatorio de la Maternidad (2005-03/2015) y consultora de la OIT y la CEPAL.


Esta columna fue publicada originalmente en el blog Primeros Pasos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). #BIDDesarrolloInfantil

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