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Ferdinando Regalia
Región en Blanco y Negro

Cuanto antes, mejor

Cuanto antes, mejor

Cuanto antes, mejor

 

En todo el mundo los titulares anuncian que la infancia temprana es la etapa de desarrollo más importante. Pero ¿cuáles son las evidencias?

Hace una década Nicaragua implementó un programa llamado Red de Protección Social, que benefició con dinero en efectivo a unas 30.000 familias pobres del sector rural. De las 42 localidades previstas inicialmente, la mitad fueron seleccionadas de forma aleatoria para beneficiarse del programa entre el año 2000 y el 2003, mientras que la otra mitad, entre el 2003 y el 2005. Este singular escenario hizo posible que Tania Barham, Karen Macours y John A. Maluccio investigaran si este tipo de programa tenía distintos efectos a largo plazo, dependiendo de cuán temprano los niños fueron expuestos a la intervención.

Esta investigación realizada con el apoyo del BID encontró que los niños de 10 años que habían sido expuestos al programa durante sus primeros 1000 días de vida exhibían mejores resultados cognitivos que aquellos que fueron expuestos entre los 2 y los 5 años.

Los datos fueron recopilados en 2010, diez años después del inicio del programa. Se aplicó una sucesión detallada de siete evaluaciones de desarrollo cognitivo a niños que entonces ya tenían 10 años de edad, la misma que estuvo enfocada en los varones, ya que la literatura médica los identifica como un grupo más vulnerable durante el período prenatal. También se recolectaron datos antropométricos.

Las transferencias del programa nicaragüense fueron sustanciales y representaron en promedio un 18% del gasto de los hogares. Para recibir la transferencia, se estableció como requisito que las familias asistieran a talleres bimensuales de salud y que llevaran a todos los niños menores de 5 años a los centros de salud para que se realizaran chequeos regulares, los cuales incluían controles de crecimiento. Los servicios de salud gratuitos se mantuvieron en las comunidades que recibieron las transferencias monetarias condicionadas (TMC), incluso después de que terminara el programa.

El primer hallazgo importante fue que los niños expuestos al programa de TMC durante el período prenatal y los primeros dos años de vida obtuvieron puntajes en las evaluaciones de desarrollo cognitivo de 0,15 desviaciones estándar por encima de los niños expuestos al programa a la edad de entre 2 y 5 años.

Un segundo hallazgo documenta que no hay diferencias significativas en los resultados antropométricos de estos dos grupos de niños de 10 años de edad. Es decir, no hay diferencias ni de talla ni de peso. La ausencia de alguna diferencia entre ellos podría ser consistente con dos explicaciones posibles: o bien el programa no tuvo efectos calculables mediante la antropometría, o los niños que recibieron el tratamiento tardío fueron capaces de alcanzar a los otros en cuanto a los resultados físicos. Los datos parecen apoyar esta última explicación.

En suma, el estudio confirmó la importancia de los primeros 1000 días de vida ?desde la concepción hasta el segundo cumpleaños? para el desarrollo del capital humano. Sin embargo, también demuestra que no existen diferencias en los resultados físicos de los dos grupos estudiados. Estos hallazgos son una importante contribución para lo que todavía es una literatura relativamente escasa sobre los impactos de las TMC a largo plazo. También proporcionan evidencias empíricas consistentes en apoyo a las políticas de intervención enfocadas en los primeros 1000 días de vida.

No obstante, al pensar nuevamente en Nicaragua, país que exhibe algunos de los mayores déficits de la región en cuanto a resultados cognitivos durante la infancia temprana, estos hallazgos no hacen sino fortalecer el argumento a favor de mayores y mejores inversiones en políticas de intervención que propicien la formación de capital humano a largo plazo. Nos quedamos con un mensaje final: es crucial diseñar las intervenciones de TMC muy cuidadosamente y alinearse con la evidencia para maximizar el impacto en el largo plazo.

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