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El neoliberalismo ha cargado los dados a favor de los ricos

Recientemente fue publicado el Informe sobre la desigualdad global 2022[1], elaborado por el Laboratorio Mundial de Desigualdad, en el que se presenta un resumen de los esfuerzos de investigación internacional enfocados en el estudio de las desigualdades sociales. Dentro de los múltiples hallazgos, se destacan seis:

  1. La desigualdad de ingresos es muy significativa: el 10.0% de la población más rica del mundo se queda anualmente con el 52.0% del ingreso mundial. En contraste, el 50% de la población más pobre apenas recibe el 8.5%.
  2. La desigualdad de riqueza es todavía más amplia que la de ingresos: el 50% más pobre de la población mundial, es dueña del 2.0% de la riqueza global, mientras el 10.0% más rico del mundo posee el 76.0% de toda la riqueza: recursos naturales, medios de producción y comunicación, ahorros y, por ende, poder político.
  3. El modelo ha hecho más ricos a los ricos y más pobres a los pobres: la brecha entre los ingresos del 10.0% más rico con respecto al 50.0% más pobre de la población casi se ha duplicado, pasando de 8.5 a 15 veces en los últimos 90 años.
  4. La riqueza de las personas más ricas del mundo ha crecido entre un 6 y 9% anual desde 1995: los multimillonarios, el 1.0% de la población más rica, han acumulado desde mediados de los noventa el 38.0% de toda la riqueza producida a nivel global. La riqueza de este grupo aumentó más durante crisis del COVID-19.
  5. Casi la totalidad de la riqueza global está en manos privadas: en los últimos 40 años la participación de la riqueza en poder de las administraciones públicas es cercana a cero o negativa, lo que significa que la totalidad de la riqueza está en manos privadas. La crisis del COVID-19 empobreció más a la mayoría de administraciones públicas que, para enfrentar la crisis debieron tomar prestado, principalmente, del sector privado en lugar de aplicar impuestos a las grandes fortunas.
  6. El que más tiene, más consume y más contamina: el 10.0% superior de los emisores es responsable de aproximadamente el 50.0% de las emisiones de dióxido de carbono en el mundo, mientras que el 50.0% inferior produce el 12.0% de las emisiones totales. 

El informe también reitera que la desigualdad es una opción y decisión política porque la desigualdad no es inevitable ni natural. Esto quiere decir que, si la desigualdad existe, e incluso aumenta en algunas sociedades, es porque los estilos de crecimiento económico y los mecanismos para la redistribución de la riqueza (el mercado de trabajo y la política fiscal) están diseñados, como en el caso de Centroamérica, para mimar a los más ricos mientras pisan y asfixian a las mayorías más pobres.

La realidad sobre las desigualdades revela que las élites políticas y económicas llevan mucho tiempo cargando los dados para que, en épocas de crisis o de bonanza, siempre ganen los más ricos. Para ello se han acompañado del neoliberalismo que, como instrumento de política y como relato hegemónico, justifica las desigualdades al tiempo en que impulsa el desmantelamiento de la organización de los trabajadores, de la protección social, de la progresividad de los impuestos y otras herramientas de redistribución de la riqueza, mientras elimina barreras al capital para que use a las personas y al medio ambiente a su antojo.

En la medida en que las desigualdades aumentan, en esa medida va incrementándose el desencanto con la vida en sociedad y la democracia misma. El filósofo francés, Pascal Bruckner, al hablar del estilo de sociedad contemporánea explica que «[…] hay diferencias positivas que estimulan la iniciativa, pero hay demasiadas desigualdades frustrantes, sentidas como inamovibles», y reconoce que «[…] para las naciones y los individuos es esencial que nadie ocupe de manera permanente la primera posición, que los dados se relancen para continuar la partida —a ello contribuyen, entre otras cosas, el sistema impositivo y legal—. Una democracia no puede mantener durante mucho tiempo un abismo entre sus principios y sus actos».

Las desigualdades, además de debilitar el crecimiento económico y el empleo, depauperan a las mayorías y contribuyen a la destrucción del ambiente natural. Asimismo, al fomentar sociedades obscenamente corrompidas por los ricos —y los gobiernos que actúan como sus mayordomos— con el fin de beneficiarse a sí mismos a costa del resto de la población, debilitan los ánimos sociales necesarios para enfrentar colectivamente los problemas actuales y abren la puerta a dictaduras que se autojustifican como la mejor respuesta frente a la desesperación de las mayorías y la codicia de unos pocos cada vez más reconocibles.

Romper el peligroso círculo de las desigualdades es urgente y requiere medidas estructurales que pongan punto final al neoliberalismo. Es vital la inversión en las personas y en el desarrollo sostenible: esfuerzos universalistas en educación, capacitación, salud, protección social y vivienda (muchos de ellos incluidos en los Objetivos de Desarrollo Sostenible), así como inversiones estratégicas para la innovación y transformación productiva, infraestructura social y económica y programas para proteger y rescatar el ambiente natural. Por otro lado, mejoras ostensibles en el mercado laboral, creando mayor demanda de trabajadores reduciendo horas de trabajo y consiguiendo mejoras en el salario real, así como proveyendo garantías de ingreso mínimo para todas las personas. Finalmente, toca reequilibrar las responsabilidades de los más ricos y de sus empresas, en materia tributaria: un impuesto sobre la renta más progresivo, un impuesto a las grandes fortunas (ingresos anuales de más de US1.0 millón) y otro al consumo de lujo, así como la eliminación de privilegios y paraísos fiscales y una mayor regulación para evitar la evasión de impuestos y la corrupción en la relación de actores privados con funcionarios. Las administraciones públicas también deben contar con sistemas nacionales de planificación del desarrollo con base en resultados, evaluación de impacto y transparencia. Lo que hay por hacer es mucho y requiere de un cambio en la correlación de fuerzas políticas que ha estado dominando el mundo en los últimos cuarenta años, pero estas modificaciones, en concreto, otorgan la única posibilidad de pensar en que el futuro puede ser un espacio con menos violencia, menos desastres naturales, más gobernabilidad democrática y menos incertidumbre para las mayorías.


[1] https://wir2022.wid.world/www-site/uploads/2021/12/WorldInequalityReport2022_Full_Report.pdf

Jonathan Menkos Zeissig
Director ejecutivo, Icefi
@icefi @jmenkos

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