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Pablo Rodas-Martini
Capital

Bailar el vals con mi princesa

Pablo Rodas-Martini

¡Caminar un minuto junto a ella por la pasarela y bailar el vals, bien vale más de doscientos mil dólares! Yo, pésimo y torpe bailarín, estoy dispuesto a eso con tal de compartir esos tres o cuatro minutos con mi pajarita que, sujetada en la ventana por años… está a punto de volar sola.

Pero esa terrible abogada especializada en divorcios, que ha de cobrar una fortuna, llamémosla… la Medusa, abrió hace solo unos días la puerta de la casa y entró con tres policías. Orden judicial tajante. Tuve que empacar al instante. Pero esa gorgona también logró que el juez prohibiera que perturbe o intimide al grupo familiar (léase hijos) en el lugar de residencia, trabajo, estudio o vía pública. Por ende, tengo prohibido comunicarme con ellos, llamarlos o escribirles (pero ustedes no digan nada… que les sigo subiendo canciones y fotografías a sus FB). Y mucho menos puedo asistir al seminario, misa, graduación y fiesta, aunque haya mil gentes, y tampoco podría despedirla en el aeropuerto, aunque partirá por tres o cuatro años a vivir con su hermano para estudiar en la universidad en Turín. Mis derechos de padre: violentados; pero la Medusa, exmagistrada de la Corte de Constitucionalidad (CC) de Guatemala, creyó que esos años no estuvo en la CC sino en su caverna de Cisthene.

Esa gorgona puede lograr el arraigo y la congelación de cuentas en un santiamén, y hasta declararme mentalmente incompetente pues en los últimos artículos -tonto de mí- he narrado mis dolencias del alma, es decir, el juez ni tendría que llamar a testificar a mi psiquiatra, que por ley tendría que revelar todo aquello contado en la confidencia de online casino paciente a doctor (y hasta le podrían confiscar su computadora). Llegado ese extremo adiós activos, y de repente hasta una estadía temporal en algún hospital psiquiátrico. No soy trágico, he recibido asesoría legal. En un suspiro tuve que dejar la casa, y en otro de unos pocos días, casi sin dormir por decenas de diligencias… abandoné Guatemala, no fuera a ser que el pelambre de culebras de la abogada Medusa me paralizara y convirtiera en piedra.

De ser un arreglo que avanzaba de manera amistosa, y en lugar del 50% que me corresponde por ley, aceptaba quedarme solo con un 20%, asumía los gastos completos de mis hijos en Italia durante sus tres o cuatro años de universidad y quien había sido mi compañera haría un ingreso mensual de entre $4,000 y $5,000 mensuales, ahora se ha convertido en un lío agrio de abogados.

Usted, lector, preguntará: ¿Por qué no arreglo esto en los tribunales? Tic, tac, tic, tac… no hay tiempo. Ya me perdí el seminario y la misa, y estoy a punto de perderme la graduación, el sábado. En los tribunales tomará semanas o meses (y los abogados se quedarán con una tajada grande de lo que al final sería herencia de nuestros hijos; de momento ya he gastado casi $3,000 y la Medusa seguro que cobrará mucho más). Tengo boleto de regreso para este viernes, por eso, en lugar de pelear el 50%, vuelvo a ofrecer las condiciones iniciales, aunque todo lo que tenga al momento sea una consultoría que termina en junio, y estoy anuente a que se firme el jueves aun cuando mi pequeña prefiriese que yo no la acompañe en esos minutos (desde la distancia imaginaría que bailo el vals en la Viena del Imperio Austro-Húngaro). Por eso, lector, perdone que hoy me entrometa en su casa, pero… tic, tac, tic, tac.

¿Por qué ocurrió todo esto? Mi culpa, bueno, no mía, sino de ese que nunca sale a la intemperie, que hiperactivo jamás descansa, y que porta un abrigo rojo. Mientras mi mente daba conferencias en Londres, Washington, Santiago, y otras ciudades… él se quedó prendado en Washington. Cuatro o cinco horas por Skype eran apenas cuatro o cinco minutos. Sus ojos, si solo los vieran un instante, entenderían por qué mantienen hechizados a los míos. Hemos hablado de mil temas y hasta de nuestra vejez juntos. ¿Recuerdan el chipi chipi de Alta Verapaz, en el norte de Guatemala, esa lluvia fina, intermitente y sin fin? ¿Cuántas gotas caerán en el parque central de Cobán en una hora? Esas son las veces que su imagen gotea en mi mente durante el día. Ella es la muchacha que por ahora vive en Washington DC… Sí, Señor Juez, confieso que fue mi culpa.

*Pablo Rodas-Martini tiene un Ph.D. y un M.Sc. por el Queen Mary and Westfield College de la Universidad de Londres. Hasta diciembre de 2011 se desempeñó como Economista Jefe del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE).

 

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