Un paso más para la arquitectura sostenible: urbanismo sostenible
La conversación sobre “arquitectura verde” (sobre cualquier cosa “verde”, en realidad) se enfoca casi siempre en elementos aislados: un edificio, una casa, un estadio, tratándolos como si estuvieran suspendidos en un vacío. La realidad es que cada parte de la ciudad, grande o pequeña, está completamente interconectada con el resto, por lo que el siguiente paso para hacer de una comunidad algo realmente “verde” es entender cómo funciona esta interacción y dónde puede ser más eficiente. El consenso al que parece haberse llegado es que en la guerra contra el cambio climático, es primero el urbanista, luego el arquitecto y finalmente el habitante quienes están en posición de ganarla.
Por eso, el desarrollo inmobiliario se está alejando cada vez más de la creación de edificios independientes, moviéndose poco a poco hacia la creación de sistemas urbanos. Hay una seria discusión en esos círculos sobre hasta qué grado un desarrollo urbanístico auto contenido es conveniente, pero esa la dejaremos para otra ocasión. Es suficiente decir que en este momento esas son las cartas sobre la mesa.
Investigando he encontrado que los factores que hacen eficiente un ente urbanístico, al igual que los que hacen eficiente un edificio, no están relacionados con alta tecnología (lo cual no es despreciarla tanto como darle su lugar) sino con sentido común, observación y visión a futuro. Algunos de ellos, para ilustrar:
Primero, las ramificaciones de las decisiones tomadas. El urbanismo es un gran juego de “¿y ahora qué pasa? ¿y ahora qué pasa?.
El problema de los edificios individuales desligados de un plan urbanístico es que dejan de lado el impacto que tendrán sobre sus adyacencias, muchas veces, con resultados desastrosos, sobre todo para los vecinos. Algunos proponen esta como la razón de generar sistemas urbanos cerrados, pero la contraparte dice que entonces el sistema urbano se vuelve una fuente de externalidades para sus alrededores.
Luego está el tema de la densidad, que es terriblemente complejo, pues no hay una regla tanto como muchísimos factores que tomar en cuenta. En general, se reconoce que la alta densidad poblacional (el número de habitantes por unidad de área) es mejor que una baja, pues minimiza, por ejemplo, la necesidad de automóviles, o hace eficiente el uso de la tierra. La densidad también tiene que ver con qué tan cerca está un edificio del otro, o cuan estrecha es una calle, y las necesidades en este respecto son muy diferentes según el área geográfica.
Y finalmente, el uso de la tierra, que impacta gravemente sobre las dos cosas anteriores. También aquí hay una discusión filosófica al respecto, pero esta no nos compete. Solo queda por decir que una mezcla correcta puede ser la corona o la cruz de un desarrollo: imaginen un centro comercial exitoso y uno que no lo es, y pregúntense el por qué. Luego apliquen eso mismo a una ciudad, y quedará claro el concepto.
En conclusión, los que nos preparamos a adquirir un inmueble no somos, en general, urbanistas o arquitectos, pero el estar informados nos ayudará a tomar las mejores decisiones. Estos tres factores nos llevan a preguntas que debemos hacer a quien nos quiera vender un imueble, sea grande o pequeño.
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